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Coronavirus: el cantante Guillermo Guido quedó varado en un crucero, con 4.500 personas


Alivio. Esa fue la primera sensación que tuvo Guillermo Guido al pisar suelo porteño. El cantante, director del crucero Música de la empresa italiana MSC, ofreció un show fuera de programa para mitigar la espera en la noche donde cuatro mil quinientas personas, entre pasajeros y tripulación, vivieron la zozobra de no saber si podrían volver a sus hogares. El barco había partido el sábado 7 de marzo del Puerto de Buenos Aires y luego de ocho días de travesía las fronteras cerradas le imposibilitaron el desembarco previsto en Punta del Este. Mientras las autoridades decidían el regreso, quedaron quietos en aguas del Río de la Plata. Y si bien la vida a bordo es agradable y él está más que acostumbrado, ya que desde hace doce años es el “señor de los cruceros”, supo que algo andaba mal. En cuarentena con su mujer Mirna, un amor que nació en altamar, agradece el llamado que lo despabila del obligado aislamiento que hoy vive en su departamento en Caballito.-Por suerte estaba con Mirna, así que esas horas de incertidumbre se hicieron más llevaderas. Nosotros tendríamos que haber llegado el lunes 16, pero estuvimos un día frente a Montevideo parados, clavados en el río, Veíamos la ciudad a lo lejos, pero no hicimos puerto, nos quedamos frente a la costa detenidos. Finalmente llegamos a Buenos Aires el martes a las siete y media de la mañana, pero recién pudimos desembarcar a las nueve de la noche.

-Cuando zarparon ya se habían diagnosticado casos de coronavirus en el país ¿pensaron que se trataba de situaciones aisladas?-Sí. En realidad, yo estaba arriba del barco desde noviembre y éste originalmente era mi ante último crucero a Brasil. De acuerdo a nuestra bitácora volvíamos a salir el mismo 16 para Ilha Grande, regresábamos el 25 a Buenos Aires y ese mismo día partíamos a Europa. Pero ese cronograma se suspendió un poco sobre la marcha. Primero nos informaron que se había cancelado la travesía europea y luego que tampoco haríamos el último viaje de la temporada por Sudamérica. No había más información que esa, era un día a día, incluso cuando estábamos volviendo de Ilhabela nos avisaron, a la tripulación y a los pasajeros, que no íbamos a poder bajar en Punta del Este porque las autoridades uruguayas habían cerrado el puerto. La noche del domingo me desperté, miré por la ventana y vi que el barco estaba paradísimo en el río, te imaginás que después de doce años de vivir seis meses arriba de un barco te habituás a ese movimiento suave de navegación, lo sentís, es una costumbre que tenemos los tripulantes de sentir que el barco está andando, pero sentíamos que estaba parado, que no avanzaba y yo ya tengo por experiencia más o menos los horarios, cuánto tarda el barco de Punta del Este hasta Buenos Aires. Pensé: “sonamos, acá pasa algo porque esto no avanza”. Pasamos nuestra última noche parados en el río y cuando nos despertamos a la mañana vimos que estábamos frente a Montevideo.

Guillermo Guido. En la Noche Italiana interpretando Il Mondo un clásico indispensable

-¿Cómo había transcurrido el viaje hasta ese momento?-Perfecto. Es un crucero de nueve días y se cumplió con la navegación prevista por Ilha Grande, Buzios, Río de Janeiro e Ilhabela, solo se canceló a último momento Punta del Este, que es el día siete. Hubo un poco de confusión, porque todavía estaba abierto el puerto de Montevideo y no se conocían los alcances de la restricción. Por eso cuando nos dimos cuenta que el barco seguiría parado ofrecí un show fuera de programa.-En ese tramo, ¿tuvieron restricciones de circulación dentro del crucero, estaban encerrados en sus camarotes?-Solo al llegar a Buenos Aires cuando subieron las autoridades argentinas a hacer los controles. La voz del crucero, que es el director de comunicaciones, les pidió a través de los parlantes a los pasajeros que permanecieran en sus camarotes porque debían tomarles la temperatura. A la tripulación nos dividieron en dos, imagínate que éramos mil quinientas personas, a la mayoría nos controlaron en el teatro y a los mozos en uno de los restaurantes.Y sigue Guillermo Guido: «Una vez que se realizó el control, debimos firmar una planilla donde cada uno ponía la temperatura que tenía. Ahí recién nos enteramos que la gente del último crucero no iba a subir, los mandaron a todos a la casa y nosotros llegamos a las siete y media de la mañana, un día tarde y con la esperanza de poder bajar, pero estuvimos todo el día con las pruebas que nos hicieron, imagínate había tres mil pasajeros y mil quinientos tripulantes, cuatro mil quinientas muestras de temperatura, había que llenar un papel donde decías de dónde venías, adónde ibas y después tuvimos que firmar una declaración jurada donde nos comprometíamos a quedarnos en cuarentena. Cuando salimos los taxistas estaban todos pertrechados con barbijos y guantes protectores. Por suerte a esa altura estábamos bastante informados de lo que pasaba en el exterior, nos íbamos enterando más por lo que daban en la televisión, porque gracias a Dios teníamos televisión, por TN nos enterábamos de lo que estaba pasando porque las cámaras estaban afuera, a nosotros no nos dieron mucha información de lo que se iba a hacer. Arribamos a las siete de la mañana y recién salimos del barco con mi señora a las ocho y media, nueve menos cuarto.-¿Hubo dentro del barco algún caso sospechoso?-No, porque yo incluso como te contaba hice un show extra sin problemas en esa noche que nos quedamos varados, y si hubiéramos tenido un caso no hubiéramos podido hacerlo, porque eso significa reunir a mil quinientas personas que son las que entran en el teatro. Solo por prevención habíamos suspendido en el espectáculo que hacemos la noche italiana, el saludo final que consiste en mezclarnos con el público y sacarnos fotos con la gente, para evitar ese contacto directo. Pero fuera de eso cumplimos con toda la programación artística, en mi caso: el show solista que se llama “Guillermo Guido en concierto”, luego el más intimista en el salón Crystal que es “Noche romántica” y finalmente, otra vez en el teatro La Scala, la comedia musical “Bella Italia”, un espectáculo con todos los artistas en escena. En ese show que hice fuera de programa canté tangos, rock and roll y algunos de mis clásicos, más el humor que siempre está presente en mis actuaciones y además Carlos Román, que es un cómico marplatense, hizo otro show a las seis de la tarde, porque queríamos que los pasajeros estuvieran contenidos y entretenidos. Por suerte tuvimos un crucero con gente tranquila, que se portó muy bien y que aceptaban las indicaciones de buena manera, sabiendo que la situación requería de la responsabilidad de todos. Cuando se les pidió que vuelvan a sus cabinas nadie protestó.

Guillermo Guido en concierto en el Teatro La Scala del crucero, con una emotiva recreación de Balada para un loco

-¿Tuviste miedo en algún momento?-No. Por suerte estaba con Mirna, así que todo se hizo más ameno. Sí nos controlaban mucho, los tripulantes teníamos que pasar por la oficina de entretenimiento y tomarnos la temperatura todos los días. Y después con el asunto del alcohol en gel, que ya es un hábito en el barco, no solo por el coronavirus, pero por supuesto se duplicó la higiene en todo sentido, estaban permanentemente pasando desinfectante por todos lados. Pero miedo no sentí. Sí con el correr de los días empecé a pensar más en el asunto de la edad, yo tengo 60 años y, aunque al principio las restricciones comenzaron para las personas mayores de setenta y cinco, hoy estoy dentro del grupo que fue incluido en las licencias antes que se decretara la cuarentena general.-Hace doce años que trabajás en los cruceros, ¿cómo te afectan económicamente las suspensiones?-Hago cruceros de noviembre a abril, son seis meses de trabajo seguro y me quedé sin dos, pero desde ya primero la salud. Y por otro lado es el momento que nos tocó suspender todo, ya es el final de temporada y estás un poco cansado de estar arriba del barco. Entonces con Mirna nos miramos y dijimos: “vamos a casa y hacemos tranquilos los catorce días de cuarentena”. Nos hubiera gustado estar con nuestros hijos -Guillermo tiene tres: los trillizos Agustín, Azul y Abril de 15 años, y Mirna dos: Camila (29) y Candela (25)-, pero sabemos que por el momento no se puede, porque tenemos que cumplir con el aislamiento que es la mejor forma de cuidarlos y cuidarnos. Además, apenas entramos a casa nos llegó un comunicado por whatsapp informándonos que si veníamos del exterior debíamos cumplir con las normas legales, advirtiéndonos las consecuencias de incumplirlas. Por supuesto, ni se nos ocurrió no hacerlo y nuestros vecinos, que saben que estuvimos de viaje, ya nos ofrecieron hacernos las compras que necesitemos.

-¿Sabés qué paso con el resto de la tripulación, la que no es argentina?-Se quedaron arriba, muchos tenían previsto bajar en Santos, en Río de Janeiro o en Recife, y los italianos (que son mayoría) y los españoles estaban haciendo lo posible para que los dejaran continuar el viaje hasta las Islas Canarias aunque sea, pero no sé cómo se resolvió finalmente. Es una situación extrema para todos, pero vivirla arriba de un barco es extraño. Cuando subieron las autoridades argentinas y como te contaba nos controlaron la temperatura, parecía un barco desierto, fantasma… y esa imagen nos impactó muchísimo. Este viaje fue algo muy especial, porque en doce años nunca había vivido nada igual. Desembarcar fue traumático, porque imaginate…para un tipo que está seis meses arriba de un barco, el día del desembarque sos como un conejo prendido fuego, querés salir corriendo del barco y cuando no te dejan bajar te volvés loco, con mis compañeros estábamos todos con las valijas y con ropa de seis meses, todos andamos con tres o cuatro valijas, los instrumentos, un despelote…

Guillermo Guido, en concierto el Teatro La Scala, arriba del barco.

-¡Fueron muy afortunados que los dejaron bajar!-¡Sí! Por suerte no hubo ningún pasajero infectado, es más ya lo sabíamos de antes porque el barco cada vez que llega a un puerto tiene que bajar una lista de salud de todos. Nosotros siempre estamos controlados , y no solamente por el coronavirus. Si hay un enfermo enseguida lo tienen que reportar a puerto, porque las multas que te hacen son gigantescas. En Río de Janeiro, por ejemplo, suben a controlar si los cubiertos están adentro de un papel envuelto. También se aseguran si están el treinta por ciento de tripulantes brasileños que tiene que haber, la condición para autorizarte a navegar por sus mares. Después suben los perros para ver si hay droga. Una vez me acuerdo que en Río de Janeiro me fui al camarote y había un perro ¡arriba de mi cama! Siempre la limpieza y la higiene del barco tiene que ser muy cuidada. El barco es un caldo de cultivo para cualquier enfermedad, porque cualquier bicho que se mete ahí, se nos pega a todos, y ahí sí que estamos en el horno. El año pasado hubo un barco que tuvo que hacer cuarentena en Buzios, veinte días ahí con los pasajeros arriba, no es joda. Hay que cuidarse mucho en el barco y por eso si hubiera habido algún caso se denuncia inmediatamente. Tuvimos suerte, sobre todo porque fue un crucero de gente tranquila y solidaria. Porque cuando pasa una cosa así vos lo primero que querés es estar con tu familia y ese es el sentimiento más grande que yo vi de la gente o sentí de la gente: que todo el mundo se quería ir a su casa. A pesar de que el barco estaba bien, todo el mundo, pasajeros y tripulantes, queríamos volver a la casa para estar con su familia. Mirna y yo también.
El crucero del amorGuillermo Guido se considera un hombre afortunado. Luego de sus éxitos de los ’80 y ’90, alcanzado de la mano de su sentida versión del clásico de Billy Joel, Piano Man, (aquí “El hombre del piano”), reformuló su carrera artística y logró ubicarse en un lugar que le sienta muy bien. De hecho en 2011 lanzó el disco Viajes, que se inspira en su nueva vida de artista de crucero, un rubro considerado por muchos colegas menor pero que a él, más allá de la coyuntura actual, le ha dado muchísimas satisfacciones. El público le agradece con aplausos sinceros cada show, porque realmente los ofrece con profesionalismo, como si estuviera en un teatro en plena calle Corrientes. Las mujeres, muchas han sido sus admiradoras de la primera hora, se sorprenden y agradecen su presencia. Guido supo desarrollar sobre el agua sus dotes de showman con mucho humor e histrionismo, y también claro, un toque de seducción. Aunque lo primero que les aclara es que muy cerca, entre ellas, está su esposa, la mujer que lo atrapó en su primer viaje hace doce años y con quien comparte esta vida nómade, que lo ubica la mitad de cada año a bordo, y la otra en el barrio de Caballito.“Nos conocimos en el 2008, en el último viaje de mi primera temporada de cruceros. Era el mismo viaje que hicimos ahora, pero en un barco mucho más chico, el Armonía. Mirna estaba con su ex marido, en unas vacaciones que luego me contó habían planificado para intentar salvar a la pareja. Hablamos porque, mirá lo que es la que casualidad, yo había hecho el servicio militar con el hermano de su ex. Por ahí vino la conexión, pero no pasó absolutamente nada, aunque después en tierra sí (se ríe). Mirna me mandó un mail y bueno… en realidad los dos nos habíamos echado el ojo, pero la que se animó fue ella, los dos estábamos atravesando las separaciones de nuestras parejas y debíamos resolver muchas cosas. Nos enamoramos y nos jugamos por ese amor. Nos casamos el 28 de septiembre de 2012 y somos inseparables, tanto que Mirna trabajó en el barco durante seis años como Social Hostess, aunque es diseñadora de interiores, solo para pudiéramos estar juntos, porque se nos hacían largos los seis meses que yo paso fuera de casa.
-¿Fue a trabajar al barco para estar con vos?-Sí, claro. Yo la hice subir para estar juntos, porque sino es mucho el tiempo que no nos vemos. Ahora ya no trabaja más conmigo y volvió a dedicarse a su profesión, pero por suerte muchas veces me acompaña. Yo tengo categoría de Director de Crucero, y si hay lugares disponibles puedo viajar con mi mujer o con mis hijos, pasar las fiestas con ellos a bordo por ejemplo, y eso me hace más llevadero los seis meses de vivir embarcado.-¿Te imaginaste alguna vez cuando empezaste a cantar que ibas a ser director de crucero?-¡No! (se ríe) ¡No tenía idea! Esto surgió por un amigo que me lo ofreció, porque se le había enfermado un músico. Sin saber bien de qué se trataba dije que sí, me acuerdo que la primera vez que subí me pareció que estaba en un submarino, imagínate era un barco más chico, era una cosa muy extraña y los primeros días son raros… porque vos en el barco tenés tu camarote, ahí nomás está el teatro donde trabajás, los músicos están a tu disposición y encima el teatro tiene toda la parafernalia que puede tener cualquier teatro grande de Buenos Aires, está muy bien equipado y tiene una capacidad para mil quinientas personas. Al principio no tenía idea, con los años me ascendieron a asistente de director, que es una categoría que te permite ciertos privilegios, por ejemplo esto de subir a los familiares y las cabinas que te dan son mejores; y desde ya cuando empezás a ser director que es a lo máximo que podemos aspirar en el entretenimiento, ya tenés todos los beneficios, cobrás más, tenés acceso a la familia, comés en mejores lugares y no tenés que usar uniforme.-¿Sentiste el prejuicio de tus colegas por convertirte en un cantante de cruceros?-Al principio se me criticó mucho, porque era como una traición, te estoy hablando de hace doce años atrás, pero después cuando empezó otra crisis profunda en la Argentina, me empezaron a llamar todos… Es más: de hecho yo subí a algunos amigos como Laura Miller o el mago Emanuel, que los propuse para que pudieran trabajar allí y después muchos otros que me han llamado (que no los nombro por una cuestión de privacidad, porque me preguntaron pero pidieron que no diga nada). Ahora todo el mundo se quiere subir, porque ya entendieron que para los artistas es un trabajo bárbaro, tenés todo el día libre, todos los privilegios que te nombré y además se gana mucho más que lo que podés ganar en tierra que es muy importante también. A mí me cambió la vida económicamente, no sólo personalmente y en lo familiar te la cambia, porque vos tenés que tener una familia que acepte lo que hacés, que te acompañe. Cuando yo subí mis hijos eran muy chiquitos y me costó porque apenas nos podíamos comunicar, los celulares no tenían señal en el barco, no teníamos internet y había que esperar llegar a Buenos Aires para comunicarse. Apenas podías mandar un mail, pero ahora estamos totalmente comunicados, puedo hacer la video llamada con mis hijos y hablarles y preguntarles cómo están. Lo mismo con mi mujer, pero bueno al principio fue duro.-¿Nunca renegaste de este trabajo?-No, al contrario. Aparte como soy tratado en el barco, los marinos mercantes son casi todos napolitanos, son casi todos de Sorrento y me tratan como un par, me tratan muy bien, cuando viene mi mujer siempre tenemos una mesa reservada para almorzar o cenar en el restaurante de pasajeros con una botella de vino y siempre en ese sentido ellos son muy especiales. Luego los artistas, excepto Carlos Román, los músicos y yo, todos son extranjeros. Y además hay muchos artistas conocidos que estuvieron cantando en cruceros, por ejemplo en el Fantasía, en Brasil, Roberto Carlos hizo un show. Así que imagínate… muchos artistas ahora están desesperados por laburar en los cruceros por el cambio que nos favorece, pero en mi caso es un trabajo que me encanta y me dignifica. Yo me siento muy cómodo trabajando, la verdad que es algo increíble.

WD

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