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¿Por qué Gustavo Cerati nos hace sentir en casa? – 09/08/2019


Hay unos minutos que parecen la vida entera, como cantaba Robert Plant en Tea for one (1976). Pensemos en ésos cuando la voz de Gustavo Cerati se ensambló a coro con la de Luis Alberto Spinetta. Sucedió en un estadio de Vélez a tope, una noche medio ventosa, de la que se cumple una década el 4 de diciembre que viene. “Si hay un sueño cumplido es éste», confesaba ahí mismo, al micrófono, el Soda. El festival, maratónico, duró como 6 horas sin descanso para nadie, ni para su protagonista, Luis Alberto Spinetta. El mega-evento se llamaba “Las bandas eternas”: nos sorprendieron varios relámpagos de eternidad esa noche, pero sin dudas la sincronía vocal de la dupla Gustavo-Luis en Té para tres nos sigue emocionando especialmente. Si no, vayan a YouTube. ¿Será porque apenas medio año más tarde, el autor de la canción sufriría un ACV que terminaría postrándolo por cuatro años hasta su muerte? ¿Será porque se notaba que El Flaco ya estaba enfermo y lo veíamos viajar en fast-forward por un rewind de su carrera, aludiendo a la eternidad como contrapeso de una presentida finitud humana, demasiado humana? ¿Será por ese “Te vi que llorabas/ te vi que llorabas/ por él” que automáticamente nos humedece los ojos? O será porque hoy los vemos sabiendo que no sabíamos que ya no estarían cantando a dúo más que en YouTube. Un truco del tiempo.

Gustavo Cerati, en plan solista.

Gustavo había compuesto la canción, penúltima de Canción animal (Soda Stereo, 1990), representando una escena familiar tristísima: él es testigo del instante en que la madre le cuenta al padre que los estudios oncológicos lo declaraban enfermo terminal. Pasó una lluvia y pasó un eclipse, mientras tres personas intentaban distraerse en vano, o descifrar juntas la fatalidad del destino. No en vano Luis eligió cantarla: el tema es también un homenaje a él, el otro padre de Gustavo, su padre musical. La versión en estudio de Té para tres contiene una vocalización cuarteada, como de lágrimas apretadas. Unos meses antes de grabar Canción animal, Cerati había participado del compilado Grito en el cielo, donde interpretaba excepcionalmente bagualas como De vicio me has de aborrecer bajo la dirección de Leda Valladares. Por eso, Té para tres combina cadencia de baguala y cadencia spinettiana. Sopla como el dulce viento al que se refiere David Lebón en el doble de Pescado Rabioso (1973). Un aire inesperado que anuncia despedida. Posteriormente, la agonía y la trascendencia de Juan José Cerati, el padre, se documentaron en sendas canciones: Tu medicina (92) y Verbo carne (99).
Allá finalizando los ‘80, en el crescendo de una hiperinflación que nos alejaba de las actualidades musicales del mundo, Canción animal aprovechó para mirar hacia adentro, y hacer revisionismo del rock argentino setentista, algo que también estaba entonces repercutiendo en el under (Don Cornelio, Los Pillos). Gustavo retrocedía hasta su adolescencia para reencontrarse con su maestro (luego iría más a fondo mediante el cover de Bajan en su álbum Amor amarillo).

Luis Alberto Spinetta, un padre musical para Gustavo Cerati. Foto: J. L. Perotta/
Museo de la Ciudad

Hay otro momento conmovedor en que la patria, la madre y el folclore confluyen (fluyen juntos) en la obra de Cerati. Hablamos de Zona de promesas, versión a dúo con Mercedes Sosa, editada durante ese mismo 2009 que cerró con Spinetta en Vélez. Se trata de una zamba-blues donde la Madre Patria (Mercedes) parece tornarse más maternal que nunca, abrigando con fe en un mañana mejor, a un Cerati que se imagina soldado vencido. Otra vez, la canción funciona como consuelo ante lo irreparable. Como “casa”, porque no hay nada mejor después de un eclipse total.
En ambos duetos de 2019 –con mamá Mercedes y con papá Luis–, se comprueba un tipo de ADN musical que ya no parece posible, donde el folclore y el rock más que fusionarse, se confunden en la formación cultural de un artista pop. Su música no puede ser más que argentina, incluso en los casos en los que aparenta ponerse al día con el sonido más british. Pero, sobre todo, basta repasar canciones de Cerati con indudable influencia folclórica como Raíz (99), Sulky (02) y Cactus (09), sin contar –por qué no– Cuando pase el temblor, para entender mejor la genética de sus composiciones. De ahí que afirmar que lo suyo sólo consistía en copiar la última moda anglo denuncia pereza analítica.

La Negra. Mercedes Sosa, la madre de la música popular argentina. Foto: /J. L. Perotta/Museo de la Ciudad

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Todos los jueves.

Hoy ya no se vislumbra un tipo de tradición y de formación así en el rock argentino. Gustavo pertenecía a una generación todavía cercana a las fuentes y a los maestros. Pero a diferencia de Fito Páez (para quien la admiración y el modelo están más cerca de Charly; ver Rock & Roll Revolution), y de Andrés Calamaro (¿podríamos decir que su afinidad con los orígenes venía por el lado de Moris y Litto Nebbia, a juzgar por los resultados de El palacio de las flores?), Gustavo se quitó poco el traje de rocker para cambiarlo por el de “cantautor popular”. Por más pop o electrónico que se pusiera, nunca abandonaba su actitud de guitar hero (la tapa y etapa de Ahí vamos).Hoy las cosas cambiaron, sobre todo para el rock, como cultura y como industria. Cuando vemos a un niño jugando “al Tik Tok” con el celular de su padre, armando duelos de freestyle en un recreo y aportando su view al nuevo clip de trap, deberíamos darnos cuenta de que el futuro de la música irá por otro lado. Y todo bien, nada de nostalgias. Total, siempre habrá una zona de la eternidad donde reencontrarse en “casa”, por más lejos de ella que estemos, gracias a las voces de Luis, Mercedes y Gustavo. Té para tres.WD

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