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Plagios, novelas y composiciones musicales – 05/05/2019

En una escena de Mona, la cautivante novela de Pola Oloixarac, la protagonista descubre una extraña o, mejor, una supuesta forma de plagio. Mona es una joven escritora peruana que llega a un pueblo de Suecia junto con algunos colegas de distintas partes del mundo que aspiran a un importante premio literario. Durante la sesión de lectura de un francés, “Mona cerró los ojos, dejando que las palabras se derramaran sobre ella como música […] La técnica se basaba en que, con la correcta ecualización, todo podía convertirse en música o todo podía negarse, y así Mona empezaba a caminar donde las obras pueden iluminarse unas a otras; todo lo que le contaban se sentía como una novela, todo se disparaba hacia un sentido por desentrañar. Empezó a enfocarse en el ritmo, a encontrar los endecasílabos interiores de las frases, los ritmos subterráneos a los ritmos que escuchaba, y sin querer se echó a reír […] Philippe Laval estaba recitando Malone meurt [una de las novelas de la trilogía francesa de Samuel Beckett]”.

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Quizá se traba de un gesto performático, dudó al principio Mona, pero no. Cuando al final de la lectura se cruza con el francés, ella le dispara: “Malone meurt”. Él lo asume: “¿Vas a denunciarme? ¿Vas a decirle a la gente del festival?”. Mona: “No. No se lo diré a nadie. Y no me importa demasiado tampoco”.El pasaje me quedó resonando por más de un motivo. En primer lugar, por la naturaleza del “delito”. De haberlo querido, ¿con qué fundamento ella habría podido denunciarlo? Tal vez no pueda hablarse más de un plagio que de un auténtico genio mimético, que en todo caso Mona comparte con Philippe Laval. Es como si ambos pudiesen descubrir una lengua o una forma dentro de otra.Y ese subtexto, ese aspecto “no dicho” de la frase, a falta de una palabra mejor, por lo general es identificado con la música. Sería mejor -y tal vez más preciso- hablar de “alma”. No habría que olvidar que la conexión entre la música y ese aspecto del lenguaje que por lo general llamamos “música” es en todo caso metafórica (me gusta cómo la novela de Oloixarac dispara el tema y casi al mismo tiempo lo deja en la penumbra para pasar a otra cosa). Cuando la literatura intenta transformar esa música virtual en una música real, convirtiéndola en un recurso constructivo, se condena al fracaso, aun cuando se trate de un fracaso tan abrumadoramente ejemplar como el capítulo 11 del Ulises de James Joyce.Llevada esa idea de la novela de Oloixarac al plano de la composición musical, ¿a qué correspondería lo que capta, lo que abstrae Philippe Laval del texto de Beckett?¿Podría hablarse de una “respiración” de la música? Seguramente, aunque no es fácil establecer en qué consiste. En principio uno pensaría que la respiración está más cerca del ritmo que de cualquier otra cosa. Pero sería imposible “robarse” el ritmo de una música. Imagínese el primer movimiento de la Quinta sinfonía de Beethoven con el mismo ritmo y las notas (alturas) cambiadas; el plagio quedaría descubierto de inmediato, ya que el ritmo de la música no es un fondo sino un primer plano: la duración del sonido tiene la misma jerarquía que la altura. ¿Y si la respiración estuviese más cerca de la armonía? Entonces no sería un plagio de ninguna manera. La canción Insensatez de Antonio Carlos Jobim está calcada del Preludio en mi menor de Chopin, pero ¡quién tuviera a su alcance la tinta china de Jobim! La rara semejanza la hace todavía más grandiosa.Uno habla de “arte”, y qué distintas son las artes entre sí. Lo que en literatura podría eventualmente confundirse con un plagio, en música puede ser uno de sus mayores logros; además de una metáfora de su particular evolución: un arte de formas superpuestas, que se edifica casi exclusivamente sobre sí mismo, ya que su historia constituye todo su material y su paisaje.

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