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El incendio de Notre Dame, una lectura metafórica de la Iglesia Católica – 16/04/2019


En tiempos de tremendos atentados perpetrados por fanáticos, y que tuvieron entre sus escenarios a París, es lógico que la primera pregunta que surja ante el incendio a la emblemática catedral de Notre Dame sea si se trató de un nuevo y espectacular golpe terrorista. Descartada esa hipótesis, se va abriendo paso entre muchos católicos una lectura metafórica del siniestro que los interpela acerca de la situación de su religión en Europa, facilitada por la circunstancia de que el hecho se produjo en el inicio de la Semana Santa, que evoca el centro de la creencia cristiana.

 

Según esa visión, la destrucción parcial del templo, sobre todo con la caída de la aguja de la torre principal y del techo, reflejaría el “derrumbe” del cristianismo en el viejo continente, otrora el gran faro de su irradiación al mundo, manifestado en la fuerte pérdida de fieles y la muy baja práctica de los que permanecen en la Iglesia Católica, si bien esto último es una tendencia mundial. La edición 2019 del Anuario Pontificio estableció que sólo el 21,8% de los católicos del mundo reside actualmente en Europa, siendo el 39,7% de su población. Esta realidad contrasta con América, donde vive el 48,7%, que es el 63,8% de la población.

Reuters

 

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Si bien la caída parece haberse frenado -el número de fieles subió apenas el 0,1% el último año en contraste con África que creció el 2,5%-, la escasa práctica lleva a que muchos templos semejen museos, visitados por muchos turistas. Y no pocos monasterios, afectados por la disminución de las vocaciones religiosas, se reconviertan en hoteles. No es un dato menor para la Iglesia que la “cultura cristiana” que signó los últimos 2000 años de la historia de Europa esté en retroceso de la mano de lo que se llama el secularismo, el relegamiento de lo religioso al templo, sin proyección en la vida pública de sus países.Todavía retumban los insistentes como desoídos reclamos del papa Juan Pablo II para que en la Constitución europea se incluyera una mención a las “raíces cristianas” del continente. Como también reaparecen una y otra vez los debates acerca de la presencia de símbolos religiosos en edificios públicos como tribunales, hospitales y escuelas, que suelen terminar en instancias judiciales supranacionales. Y que implican acordar qué debe entenderse por “Estado laico”. Notre Dame se alza, precisamente, en el país cuna del laicismo con la Revolución Francesa. Pero también mojón de la saludable independencia entre Estado y religión.

 

Con todo, la lectura de muchos católicos a la que nos referimos no ciñe la metáfora del incendio al “derrumbe” del cristianismo, sino al desafío de su reconstrucción. Sobre todo porque el fuego derribó la aguja de la torre y el techo del templo, pero no sus cimientos. En otras palabras, la Iglesia Católica –según esta visión- tendría las reservas espirituales para recuperarse, siempre y cuando sea fiel a sus creencias y asuma el compromiso. Al fin, el siniestro ocurrió al inicio de Semana Santa, que implica para los cristianos el mayor motivo de esperanza, un volver a empezar.

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