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Michael Gielen: un tributo – 16/03/2019


La muerte del director de orquesta Michael Gielen, el 8 de marzo en su casa de Mondsee, en Austria, no podría pasar desapercibida en ningún lado, menos en la Argentina. El caso de Gielen tiene un cierto paralelo con el de Carlos Kleiber. El primero había nacido en Dresden en 1927; el segundo, tres años más tarde en Berlín. Ambos vinieron de muy niños con sus padres, huyendo del nazismo. Uno era hijo de un gran director de orquesta; el otro, de un gran director escénico, Josef Gielen, quien al igual que Erich Kleiber trabajó mucho en el Colón antes de radicarse en la Argentina. Michael Gielen y Carlos Kleiber tuvieron sus años de formación en Buenos Aires antes de emprender sus carreras de dirección orquestal en Europa.El de Michael Gielen es uno de los principales testimonios que aparecen en la película sobre Carlos Kleiber (Estoy perdido para el mundo) de la que tanto se habló en estas columnas. Gielen sostenía que la neurosis de su genial colega provenía del hecho de haber quedado sometido psicológicamente por la figura paterna. “Carlos quedó atrapado en el repertorio de Erich Kleiber. El problema era el padre y no pudo librarse de él”. Es cierto, Carlos siempre estuvo rondando sobre las mismas obras y, excepto en el caso de Wozzeck (precisamente la ópera de Alban Berg que su padre había estrenado en Berlín), no manifestó demasiado interés por el repertorio modernista o contemporáneo.

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Aunque menos rutilante, la carrera de Michael Gielen es sin duda una de las más significativas del siglo XX. Grabó integrales de Beethoven, Schumann, Brahms y Bruckner, y fue uno de los más reconocidos intérpretes de Mahler. Estrenó obras de Nono, Berio, Kagel, Stockhausen, Ligeti, y en 1965 dirigió en la Ópera de Colonia la primera representación de Die Soldaten de Bernd Alois Zimmermann, un título que Wolfgang Sawallisch había considerado irrealizable. En 1974 participó en otra especie de proeza: la realización de Moisés y Aarón de Arnold Schoenberg con los cineastas Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, la única ópera de la historia filmada en exteriores con sonido directo (la parte orquestal se grabó en estudio, mientras que los solistas y el coro cantan sus partes en el set de filmación, con un sistema de entrada, por el que oyen la orquesta, y otro de salida, por el que graban sus voces, ambos escondidos entre sus ropas).Pero antes de todo eso Michael Gielen había dejado su marca en la Argentina. En los años ’40 fue maestro interno del Colón; estrenó obras para piano de Juan Carlos Paz y otros autores en los Conciertos de la Nueva Música; en 1949 ofreció una integral de la música para piano de Schoenberg. Había estudiado el piano con Rita Kurzmann, una estrecha colaboradora de Alban Berg, y composición con Erwin Leuchter, asistente de Anton Webern hasta su exilio en 1936 (como lo estudia Omar Corrado en su gran libro Música y modernidad en Buenos Aires, en una época aquí tuvimos una Viena en miniatura). Como si todo esto fuera poco, la madre de Michael, Rosa Steuermann Gielen, una reconocida actriz dramática, era la hermana del gran pianista Eduard Steuermann, amigo y discípulo de Schoenberg y primer intérprete de su obra para piano.Vale la pena reproducir un fragmento del retrato que Th. W. Adorno escribió tras la muerte del pianista en 1964, en Nueva York: “Eduard Steuermann procedía de Polonia. Su padre fue abogado y alcalde de la ciudad de Sambor. La familia formaba parte de la gentry judía. El espíritu había impreso su cuño en ella como casi en ninguna otra que yo haya conocido. Sus dos hermanas habían sido actrices en su juventud. El arte, la seriedad estética prevalecía sobre los medios particulares en que el tanto se manifestaba. Pero la seriedad estética forzó a Steuermann a concentrarse de modo extremo en su material. En cada instante de su vida permaneció libre tanto de amateurismo como de especialismo. Fue amigo de Karl Kraus, en cuyas lecturas colaboró a menudo”. Pero los Steuermann eran una familia de múltiples talentos; Adorno se olvida del otro hermano varón, Zygmunt, una gran estrella del fútbol polaco que murió asesinado por los nazis en 1941.A diferencia de los Kleiber, cuyos dones emigraron con Carlos sin dejar rastros, los Gielen tuvieron una significativa descendencia en la Argentina. Carola Gielen, hermana de Josef (tía de Michael) y durante algunos años coreuta de Collegium Musicum local, se casaría con el músico de origen yugoslavo Ljerko Spiller, maestro de varias generaciones de violinistas y camaristas argentinos y uruguayos, y padre y abuelo de una larga dinastía de músicos, entre ellos su hijo Andrés Spiller, oboe solista de la Sinfónica Nacional, director de orquesta y miembro fundador de la Camerata Bariloche. Michael Gielen también escribió música; entre otras piezas, el cuarteto de cuerdas Un vieux souvenir, sobre Las flores del mal de Baudelaire. No es un poema musicalizado sino, más bien, un cuarteto intervenido por palabras sueltas y frases extraídas de Baudelaire, que los mismos instrumentistas pronuncian en tres lenguas: francés, alemán e inglés.Desde la primera nota se siente la influencia del grupo de Viena; más todavía la expresionista de Schoenberg y Berg que la más geométrica de Webern. En una entrevista con Bálint András Varga, Gielen admite con una sencillez desarmante que se dedicó a la dirección porque no se sentía suficientemente dotado para la composición, pero que de todas formas nada amaba más que componer. Y recuerda una tarde pasada con su tío Steuermann -también compositor en “segunda instancia”-, cuando luego de que ambos se mostrasen sus propias creaciones, el experimentado pianista dijo al sobrino: “Sabemos muy que ni vos ni yo somos Beethoven, aunque esto no debería impedir que podamos expresarnos a nosotros mismos”. En una ocasión Steuermann comentó que para un músico como Paul Hindemith la composición “no era un hecho excepcional” (¡qué modo tan económico de pronunciar una crítica de tanto alcance!). Por el contrario, para músicos como Steuermann y Gielen la composición era el hecho excepcional, no obligado, reservado a una esfera muy privada; y a veces es justamente en esas actividades laterales, no del todo profesionales, que pueden encontrarse hechos de rara belleza. Es lo que ocurre en el Cuarteto de Michael Gielen, que en cierta forma se oye como una meditación muy intensa y personal en torno de la música que amaba.